martes, 21 de diciembre de 2010

NOVELA: Aventurera CapituloVl


CAPÍTULO Vl

—¿Qué hay, pequeña?
—Ponte cómodo —replicó, con ternura.
Curk se repantigó en la butaca y estiró las piernas. Miróle todo con creciente satisfacción, exhaló un suspiro y observó:
—Es consolador tener un sitio así, un refugio. ¿Sabes, Evora? Todas las noches marcho con nostalgia. —Y riendo tibiamente, añadió—: Aunque estrecháramos los límites de nuestra intimidad, tú no pecarías.
—¡Curk!
—No, no te lo estoy proponiendo. Tal cosa destrozaría esta suave intimidad. Pero si te lo pidiera, ¿aceptarías?
Ella titubeó, y al fin dijo, en tono apagado: —Sí.
Curk se puso en pie con presteza y giró en redondo. De espaldas a ella, dijo con raro acento:
—Ojalá pudiera hacerte mi mujer—. Evora no contestó. Entonces, Curk dio la vuelta y le escrutó de frente.
—Evora, conoces mi compromiso.
—Sí.
—Voy a casarme.
—Lo sé, Curk.
—¿Lo sabes?
—Un día u otro tendrás que hacerlo.
—Y tú te conformas —bramó.
—¿Qué puedo hacer?
Curk se dejó caer de nuevo en el sillón y entrecerró los ojos. Con brusquedad, dijo:
—No sé si te amo, pero de lo que sí estoy seguro es de no amar a Mildred y, no obstante, me voy a casar con ella. ¿Es esto razonable? Si algún día tengo hijos, jamás me inmiscuiré en su vida sentimental. Que hagan lo que quieran. Sólo una vez se vive en esta vida. Y aunque parezca larga, es, para nuestra desventura, demasiado corta. Y uno debe disfrutarla.
—No divagues, Curk.
—Mi vida es una continua divagación. Pienso en ti. Pienso constantemente. Cada vez que salgo de esta casa, llevo en la boca el anhelo de un beso que nunca te di. Sé que si saciara mi hambre en el pecado de tu amor, te perdería, y yo... a mi vez, no podría besar jamás a otra mujer. ¿Me comprendes?
—Sí, Curk.
—Por eso odio mi vida y mi compromiso matrimonial. Cuando estoy junto a Mildred la detesto, porque es el obstáculo que se interpone en mis deseos. Me envidian. ¿Qué me envidian? Lo poseo todo, o al menos aparentemente todo. ¿Qué poseo, en realidad? ¿Qué me envidian? ¿Mi dinero?
—¡Curk, te atormentas!
La contempló, cegador.
—¿Y tú, no vives atormentada? —preguntó, reconcentradamente.
—No —se ruborizó—. Soy feliz si tú lo eres.
—Pues yo no lo soy, Evora —bramó—. No lo puedo ser. Me voy a casar, voy a poseer un hogar propio y anhelaré con alma y vida este refugio, esta paz, ese tu mirar, esas tus sonrisas, esa tu voz que es para mí como una ventura celestial. ¿Te das cuenta, Evora?
—Soy toda tuya —dijo, con cálido acento—. Tómame si ello te proporciona un bien, o déjame y no vuelvas si crees que tu tranquilidad de espíritu depende de esas ansias.
—Y tú...
—Yo... ¿Qué importo yo?
—Es lo que me descompone, pequeña: esa tu ofrenda, esa tu renuncia.
Estaba de nuevo en pie y se agitaba. Indudablemente, luchaba consigo mismo. ¿Si la quería? ¿Y si no era amor, qué era aquello que sentía arder con ansiedad en sus entrañas? Con rabia, alcanzó el gabán y el sombrero y dijo:
—Mañana me iré a Londres. No puedo más. Necesito unos días libres de ataduras. Necesito encontrarme a mí mismo. Y si a mi regreso puedo pasar sin verte, nunca volveré. Me casaré con Mildred, que es mi deber. Adiós, pequeña.
—Adiós, Curk.
—Eres valiente y digna —dijo, mirándola contemplativo—. Y por mi culpa estás pasando por una aventurera.
—Cállate, Curk.
—Renuncias a la felicidad por mí. Otro hombre podía darte esa felicidad.
—Prefiero saber que tú eres dichoso.
—Y te conformas.
No se conformaba, pero él era antes que nadie, que ella, que todos. Hurtándole la mirada, susurró: —Vete, Curk.
—Quisiera darte un beso —dijo, reconcentradamente—. Pero el hombre, si es bueno por resistir, mejor es por renunciar a lo que desea y no le pertenece.
Y salió casi corriendo, como si temiera arrepentirse.


Mildred, según propia opinión, había aguantado mucho, y en aquel momento estallaba. No podía más. Sus pequeños ojillos, de pupila diminuta, centelleaban. Hablaba sin cesar, mientras sus pasos medían la lujosa estancia de lado a lado.
Curk la escuchaba sin parpadear. Estaba hundido en un sillón, con las piernas cruzadas y un cigarrillo entre los labios. Tenía los ojos perezosamente entornados y seguía los pasos de Mildred con regocijo.
No conocía aquella faceta del carácter de Mildred, y el hecho de aquel descubrimiento, en vez de enojarle, le regocijaba.
Ella, exasperada por su impasibilidad flemática, se detuvo junto a él y gritó:
—Y estoy harta, ¿me oyes? Muy harta. Eres la visión de Penzance. Todos te miran con desdén por mantener relaciones dudosas con una aventurera de ese calibre.
—Querida, se te inflaman las venas del cuello y te pones fea.
—Eres un memo.
—¿Sí?
—Y estoy harta de aguantarte.
Hizo intención de arrancar la sortija del dedo, pero de súbito cambió de idea. Conocía a Curk lo bastante para saber que si quitaba del dedo aquel brillante, él jamás se lo volvería poner.
Empezó de nuevo a pasearse y Curk siguió fumando tan tranquilo.
—Y ahora te vas a Londres —giró Mildred, perdiendo el control de sus nervios—. ¿Piensas que voy a creer que vas solo? ¡Oh, no! Aquella mosquita muerta de ojos lánguidos. No me engaño, no —gritaba enardecida, sin saber lo que decía—. Con su mirada de niña buena... A mí no se me engaña. Te engaña a ti porque estás ciego. Porque todos los hombres sois idiotas, porque esas lagartas... —Se detuvo frente a él, que la miraba con vaga expresión, y gritó histéricamente—. Creyó que a mí me engañaba, pero no. ¿Lo oyes? No. Tan modosita, tan fina, tan... Iré a verla otra vez y no tendré piedad.
Calló bruscamente. Curk se había puesto en pie y la miraba cegador, con tal cólera que ella retrocedió asustada.
—¡Curk! —susurró.
—Has ido a su casa —dijo él, frío, cortante—. Has ido... Tú has ido allí... —La asió por un brazo y la sacudió—. ¿Cuándo? ¡Di! ¿Cuándo has ido?
—Suéltame.
—¿Cuándo?
E implacable, la sacudía. Mildred, comprendiendo que había ido demasiado lejos con sus palabras, no quiso rectificar, y gritó desafiadora:
—He ido, sí. ¿Qué pasa?
El se enfrió bruscamente. La soltó y, dando la vuelta, dijo despiadado:
—Eres odiosa. Nunca me di cuenta hasta este instante. Y salió sin volver la mirada.


Sir Lewis se hallaba muy tranquilo en su despacho cuando oyó los inconfundibles pasos de su aristocrático socio avanzar por el largo pasillo.
Sir Walter empujó la puerta de la oficina y entró como una tromba. Espetó el objeto de su visita y se desplomó frente a la mesa del despacho, tras la cual el padre de Curk lo escuchaba estupefacto.
—Mildred ha sido humillada por tu hijo, y esto sólo puede olvidarse con la boda. Ni a ti ni a mí nos conviene separar nuestras firmas. Pero por mil demonios que a ti te interesa mucho menos.—Extendió el dedo apuntando con él al atónito caballero—. Y ten en cuenta, Lewis, que si esto no se repara...
—Bueno, bueno, que yo me entere de lo que ocurre. No creo a Curk capaz de humillar a una dama. ¿Quieres explicarte, Walter?
A borbotones, como pudo, a punto de padecer un ataque de apoplejía, Walter refirió lo ocurrido entre su hija y Curk, terminando de esta manera:
—Y el muy cretino salió de casa hará cosa de una hora, diciendo que Mildred era una mujer odiosa. ¿Te das cuenta, Lewis?
Este metió el dedo entre el cuello y la camisa y se agitó. Claro que se daba cuenta. ¿Qué diría Curk si supiera que él también había ido a casa de Evora? Limpió el sudor que perlaba su frente y permaneció callado, sin saber qué decir.
—¡Lewis! —bramó sir Walter, perdiendo la paciencia—. ¿No tienes nada que decir?
—Diantre, sí —apaciguó—. Pero no grites tanto, amigo mío. Los empleados van a enterarse y no hay necesidad. Y dices...
—Digo que si en toda esta semana no se señala la fecha de la boda, rompo todos los compromisos que tengo contraídos contigo y me llevo a Mildred al extranjero.
—Calma, calma.
—¿Más calma aún? Pero si vengo teniendo demasiada desde que Mildred cumplió la mayoría de edad y tu hijo no habla de matrimonio.
—Te prometo que hablaré con Curk.
—Es que si esto no se soluciona rápidamente... Si no se soluciona, Lewis...
Y poniéndose en pie, se marchó amenazador, dejando a medias las palabras. Sir Lewis aplastó las manos sobre el tablero de la mesa y quedó rígido como una estatua. El asunto se iba poniendo feo, y lo que es peor, él no podía forzar a Curk. Su hijo no era dócil. Al contrario, tenía espíritu de contradicción. Por eso él, su padre, no se oponía abiertamente a sus relaciones. De haberlo hecho así, Curk ya estaría casado con Evora, Y eso había que evitarlo a toda costa. Pero, ¿cómo? ¿Aduciendo las mismas razones que había aducido su socio? ¡Oh, no!
Se puso en pie. Lo consultaría con su esposa. Magda era una mujer observadora y sabía hacer las cosas con cautela.


Lady Magda se hallaba en el saloncito de la planta baja, sentada junto a la chimenea encendida y teniendo una revista de modas sobre las rodillas. Cuando su esposo llegó, la besó en la frente y dejóse caer frente a ella.
—Muy pronto has venido hoy —dijo la dama.
—Estoy preocupado, Magda. Sumamente preocupado.
—¿A qué se debe ello?
—Curk.
—¡Ah!
Y se quedó ensimismada, contemplando a su esposo. —Bien, Lewis, explícame las causas.
—Tú ya sabes que Curk tiene una amiguita...
—¡Oh, sí! Pero... ¿no había terminado todo eso? —El caballero suspiró con desaliento.
—Eso creí, pero me equivoqué.
Y a renglón seguido refirió la conversación sostenida con Curk, lo ocurrido un momento antes con sir Walter y, por último, confesó su visita al piso de Evora Brown.
Lady Magda guardó silencio por espacio de unos minutos, al final de los cuales exclamó censora:
—Mal hecho por parte de Mildred, Lewis, y mal hecho por parte tuya también. Mildred ha descendido en el concepto que tenía formado de ella, y tú...
—No puedo tolerar que una aventurera se lleve limpiamente a mi hijo.
—¿Y te pareció tal aventurera? —preguntó la dama con acento suspicaz.
Su esposo pasó la mano abierta por las sienes y limpió el sudor imaginario que las perlaban.
—Bueno —exclamó, eligiendo su frase favorita—. Creo que no.
—Parece mentira, Lewis, que conociendo a tu hijo, hayas creído ni por un solo instante que tenía relaciones con una perdida. A Curk, querido Lewis, no lo embauca una lagartona. ¿No lo comprendes? Tanto tú como Mildred habéis tenido poco tacto. Curk, por sí solo, hubiera dejado de ir al piso de esta joven.
—Pero Curk tiene que casarse, Magda. ¿No lo comprendes? Sir Walter lo exige así, y nuestros negocios dependen mucho de su firma.
—Sí, querido, sí. Lo comprendo perfectamente.
—Si tú le hablaras a Curk...
—¿Otro más? Pero, Lewis, ¿es que aún no has caído en la cuenta de que Curk hay que dejarlo obrar sin forzarlo? Queden las cosas como están y esperemos.
—¡Imposible! Walter me exige una boda rápida—. La dama sonrió, irónicamente.
—Querido Lewis, no seas ciego. Tú, y perdona que te lo diga, eres demasiado impresionable. Walter quiere inquietarte y en cierto modo lo ha logrado. Te aseguro que Mildred no está dispuesta a perder a Curk sólo porque su padre sea un impetuoso. Esperarán, cariño, y sólo así lograrán encarcelar a Curk. Y si queremos ver a Curk casado con Mildred, deja a tu hijo en paz. No le forcéis ni recordéis su aventura.
Y sonriendo beatíficamente, colocó la mano en el hombro de su esposo y le dijo:
—Con calma todo se consigue.

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