martes, 16 de noviembre de 2010

NOVELA: AventureraCapitulo lV


CAPÍTULO IV

Estaba insoportable, de mal humor. Hallándose junto a Mildred apenas si le hablaba, en casa todo le parecía mal. En las oficinas nada encontraba a su gusto. Su padre le espiaba. Curk no se percataba de ello.
Aquella tarde se hallaba solo en el salón-biblioteca. Tenía ante los ojos un libro que no leía, y en la boca un pitillo que se consumía solo. De pronto, se encontró pensando en Evora. ¡Evora! Hacía una semana que no la veía. Y con gran pesar se dio cuenta de que echaba de menos aquellas blancas tertulias donde la joven ponía toda su callada personalidad en escucharle, en atenderle, en sonreírle. La figura de Mildred hizo acto de presencia con el aire resuelto de la mujer que siempre puede pagar el precio más alto por todo lo que necesita. Y sus ojos duros, de pupilas diminutas haciendo la tonalidad azul dura, despiadada. No existía piedad ni humanidad en la persona de Mildred, pero él iba a casarse con ella.
—¿Puedo pasar, Curk?
Alzó los ojos. Allí tenía a su padre, sonriéndole alegremente.
—Naturalmente, papá —admitió, cortés—. Pasa y siéntate junto a mí.
Sir Lewis dejóse caer en una butaca frente a él y encendió un habano cuya punta mordisqueó.
—Estás algo apagado esta temporada, muchacho —Y con suspicacia—: El asuntillo de la ribera te ha cansado, ¿eh?
En aquel instante, Curk comprendió una cosa: padre vivía pendiente de sus reacciones con respecto a Evora. Ello le desagradó en extremo, pero se abstuvo de demostrarlo.
—Me alegro por ti, muchacho —añadió el caballero repantigándose en la butaca—. Es consolador saber que mantienes íntegro tu buen sentido.
—¿Lo crees así?
—No lo dudo, muchacho. El hombre, Curk, tiene deseos. ¿Qué hombre no los tiene? Pero se doblegan y, sólo al doblegarlos, el hombre conoce el alcance de su integridad moral. No puedo reprocharte que tengas tus devaneos, si bien prefiero que no existan en tu vida. Mildred es una mujer interesante y a la par rica, tu clase. Ni más ni menos la mujer que te conviene ¿Que a la par tienes una amante? No es censurable, pero ¡diantre! Es desagradable para la mujer que va a casarse contigo. Me comprendes, ¿verdad?
Curk apenas si escuchaba. Tenía la cabeza echada hacia atrás y los párpados perezosamente entornados, observando a través de ellos, el arrugado rostro de su padre. Este, ajeno a la observación de que era objeto, y creyendo que su hijo asimilaba cuanto él le decía, prosiguió:
—Por otra parte, he tomado informes de esa muchacha llamada Evora Brown. No debes hacerle daño, Curk. Tiene sólo veinte años, carece de familia y, según referencias, hasta que tú la conociste era una chica honrada. Déjala, pues. Aún está a tiempo de rehacer su vida, de hallar un hombre que la ame y se case con ella. Parece ser que has tomado esta resolución y esto me llena de orgullo.
—¿De orgullo por mí o por ti?
La pregunta fue hecha con suspicacia. Pero sir Lewis no se percató de ello, tan entusiasmado se hallaba con la conclusión que creía adivinar en aquel asunto.
—Por los dos, diantre, por los dos: por tu novia, por tu nombre, por tu misma hermana. La decencia, Curk, es algo de valor incalculable, y me siento orgulloso de que mi hijo sea un hombre decente y cabal.
—Me halagas, papá —dijo burlón. Pero tampoco sir Lewis se dio cuenta de que aquel acento de voz no era normal en su hijo.
—Has sido siempre un hijo modelo, muchacho. Y el hecho de que sigas siéndolo me envanece.
Curk se cansó de escucharlo. Púsose en pie y encendió un cigarrillo. A través de las espesas espirales, sus facciones quedaron un tanto difuminadas. Se balanceó sobre las largas piernas y continuó mirando a su padre, con expresión reconcentrada.
Indudablemente sir Lewis, su señor padre, creía de buena fe que Evora era una joven pervertida. ¿Sacarlo de su error? No entraba en sus cálculos. Siempre hizo lo que consideró más conveniente, y jamás dio a nadie cuenta de sus actos. ¿Empezaba en aquel instante? ¡Oh, no! No era un jovenzuelo imberbe y su padre aún no lo comprendía así. ¿Si había dejado de visitar a Evora definitivamente? Por supuesto que no. Por el contrario, no hizo más que detener sus deseos una semana, que equivalía a dar una tregua a sus sentimientos.
Comprendió en aquel instante, mientras escuchaba a su padre, que en el pisito de Evora hallaba la paz de espíritu que le era negada en otro lugar, por ejemplo junto a Mildred. No había, pues, en sus visitas a aquella casa, deseo pecaminoso. Creyó que lo había, y de pronto se daba cuenta de que no era así.
—Curk, ¿en qué diablos piensas para mirarme de esa manera?
Salió de su abstracción contemplativa, y dio unas cuantas vueltas por la estancia. De pronto se detuvo y dijo:
—Voy al club, papá.
El caballero se desconcertó.
—Muchacho, no me has contestado a nada.
—¿Y qué quieres que te conteste? Si te dijera que Evora Brown es una chica pura, ¿me creerías?
—Claro... claro que no.
—Por eso mismo, papá, no pienso discutirlo contigo. Permíteme que salga a dar una vuelta.
—Pero si son las doce.
—Por eso mismo. Y salió sin esperar respuesta.


Pulsó el timbre con fuerza. Era una hora intempestiva. Otra mujer, Mildred por ejemplo, no sabría disculparlo. Evora, sí.
Tardó en abrirse la puerta. El fresco rostro de Evora apareció en el umbral. Esperaba que le reprochara aquella ausencia de una semana. No lo hizo. Era lo que más admiraba en ella. Aquel silencio acogedor, aquella serenidad siempre inalterable, aquel suave y cálido mirar de sus ojos, que infundía paz, como si ofreciera un remanso.
Y lo ofrecía. El iba a buscarlo y lo hallaba allí, en aquel piso bonito, exento de lujo, de colgaduras y tapices.
—Pasa —ofreció con aquella voz que enajenaba—. Pasa, Curk.
—No sé si debo.
Y apoyado en el umbral, la contemplaba con incontenible ternura
—Si has llegado aquí, tendrás que entrar. Además, hace frío en la puerta.
Pasó y ella cerró.
Entraron uno tras otro en la salita. Había una labor de punto en el cesto de mimbre, y en el sofá las huellas de Evora. Vestía ésta unos pantalones negros, largos hasta el tobillo, calzaba chinelas y el delicado busto lo llevaba prisionero bajo un jersey también de color negro. Peinaba el pelo rojizo hacia atrás, despejando el óvalo exótico de su rostro, donde los ojos ponían una nota de vida incontenible.
Ella se dejó caer sobre las huellas del sofá y alzó los ojos. Curk continuaba de pie, abiertas un poco las piernas en su postura característica, con el pitillo en la boca y el sombrero en la mano.
—¿No te sientas, Curk?
Ni un reproche, ni una mirada equívoca. Una exquisita mujer, junto a la cual la vida tendría un sabor a ternura. ¡Ternura! Palabra que significaba algo grandioso, de lo que él siempre había carecido.
—Quítate el abrigo —le dijo, bajo—. Aquí hace calor—. Obedeció casi en silencio, al tiempo de pensar que nadie hubiera creído en la pureza de aquellas relaciones. El que lo viera entrar allí a aquella hora, sin duda pensaría horrores de la amistad con la muchacha desamparada y sola. Sonrió, sarcástico. Su padre, Mildred, los vecinos... Todos...
Se sentó frente a ella. Evora cogió de nuevo la labor.
—Evora —dijo él, de pronto—. ¿A qué hora te acuestas?
—No tengo hora. Como no madrugo, nunca tengo prisa. Sólo voy a la casa de modas por la tarde.
—No debí venir.
—¿Por qué no?
—No es una hora apropiada.
—Nunca miro el reloj.
—Dichosa tú.
—Imítame.
Se repantigó en la butaca y echó la cabeza hacia atrás. Entornó los párpados.
—Muchacha, no debiera perturbar tu paz —observó, apreciativo—. Y no obstante, aquí me tienes. ¿Qué busco en tu casa?
—No divagues, Curk. ¿Para qué? ¿Crees en verdad que ello te proporcionará una respuesta? Si te la proporciona será desconcertante y mejor es no llegar a conclusión alguna.
—Pero sé que la vida, pequeña, no se compone de indecisiones.
—¿Y de qué se compone, Curk?
La pregunta era simple, y, no obstante, carecía de respuesta clara. Encendió un cigarrillo y fumó aprisa, como si en el humo hallara un lenitivo.
—Ya me voy —dijo tras un silencio—. He venido a verte... —Y con fiereza—: Tenía que verte.
Ella alzó los ojos de la labor y lo miró con expresión melancólica.
—Te lo agradezco, Curk —dijo tan sólo. Y eran sus pocas frases como un aliento de paz espiritual.
Curk se puso en pie y giró la vista en torno.
—Ni cuadros, ni tapices, ni siquiera alfombras y no obstante, tiene este piso el grato sabor de un hogar. ¿Y sabes, Evora? Yo nunca tuve un hogar.
—Vives con tus padres y son buenos...
—¡Oh, sí! —rió, irónico—. Mis padres son buenos. Y un hombre como yo no debe quejarse. ¿Para qué necesita un hombre como yo un remanso de paz hogareño? Es ridículo, ¿no?
—No lo es, Curk.
El siguió diciendo, como si no oyera la interrupción: —Unos padres que jamás negaron una satisfacción que pudiera adquirirse con dinero. He tenido cuanto quise en esta vida. Coches, trajes, mujeres, viajes... ¿Es eso todo, Evora? Claro que no. La ternura de un hogar, el llegar a casa y saber que vas a encontrar una madre comprensiva, un padre interesado en tus asuntos. Una novia que te mira alentadora.
—¡Curk!
—Bueno —rió desagradablemente, al tiempo de ponerse el abrigo—, me estoy portando como un niño huérfano ansioso de cariño.
—El hombre, a la hora de amar, es como un niño, Curk.
La contempló cegador.
—Sí, esa es una conclusión que a muchos parecerá absurda, pero yo la considero acertada. Buenas noches, Evora.
—Descansa, Curk, y no pienses en nada. El se encaminaba a la puerta y allí se volvió.
Con voz ronca, dijo:
—Me gustaría... Sí, sí, me gustaría quedarme a tu lado.
Y como ella no contestara, él añadió con fiereza, como si se odiara a sí mismo por haber dado salida a aquel deseo:
—Pero este solaz espiritual, este desear y no tener, que también proporciona apetito, no lo saborearía con tal sinceridad. Si me quedara a tu lado, Evora, perdería la paz espiritual que ahora disfruto a tu lado. —Abrió la puerta—. Y me agrada esta paz. Es como una serenidad moral que detiene el pecado. Buenas noches, Evora.
—Buenas noches, Curk.
A la mañana siguiente, cuando la joven regresaba a su hogar tras dar un paseo, se encontró con Ruth.
—Tengo que hablarte, Evora.
—Dime, Ruth.
—La portera estaba diciendo esta mañana, cuando yo salí de casa, que ayer noche...
No la dejó concluir. Hizo un gesto con la mano y observó:
—Lo has creído.
—Si tú me dices que no es cierto..., te creeré a ti.
—No te lo puedo decir porque es verdad.
Cruzaban ante el portal. La portera, desde su madriguera, las miró con suspicacia. Había en su acento al saludarlas una burla ofensiva. Evora no se dio por aludida. Siguió su camino y Ruth, desconcertada, la seguía.
—Evora...
—¿Qué quieres que te diga? ¿Que no es cierto? Lo es. Tras una semana de ausencia, Curk estuvo aquí.
—¡Dios mío, Evora! ¿Por qué a esa hora, precisamente?
—No se lo pregunté. —Abrió la puerta del piso—. Pasa, Ruth.
Pasó. Con semblante adusto, se quedó contemplando a su amiga.
—Estás adquiriendo muy mala reputación, Evora. Aquí todo el mundo conoce a los Hayward. Nadie ignora las relaciones de Curk con Mildred.
—Siéntate, Ruth.
—Hija, no te comprendo.
—¿Qué puedo decirte? Muchas cosas. ¿Y me disculparías por ello? ¿Me comprenderías? No. Por eso prefiero seguir callada. No tengo padres ni hermanos a quien dar cuenta de mis actos. ¿Qué valgo yo, en realidad? Déjame vivir mi vida y que los demás piensen como quieran.
—Pero es que algún día querrás formar un hogar.
—No podré formarlo nunca con Curk. ¿Qué me importan los demás hombres?
—Pero ¿has perdido el juicio?
—Amo a Curk. Eso es todo.
—Pero si nunca se casará contigo—. Evora la miró censora.
—¿Y quién lo espera? —preguntó serenamente—. ¿Es que una mujer sólo ha de amar al hombre de quien espera la felicidad? No, Ruth. Yo amo a Curk, deseando que éste sea feliz. Que esa felicidad se la proporcione yo u otra mujer, ¿qué importa?

1 comentario:

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